En mi recuerdo quedan aquellas marchas agotadoras en las que te pasabas la jornada con una hucha, pegando banderitas de la ONG, en el pecho de todo aquel que depositara una monedita por la ranura del recipiente, a modo de hucha de cartón, con su enorme cruz encarnada, que previamente repartía tu maestro.
Luego, en clase, siempre existía el que necesitaba de dos huchas, solía ser siempre una niña, y casi siempre, de las que su familia, a priori, habitaba en el estatus económico mas alto. Sus ropas, carteras y libros así lo decían.
Los había que llevaban su caja vacía. También eran siempre los mismos, los mas gamberros, los que nunca cooperaban en nada porque su manera de vivir su niñez y adolescencia, estaba por encima de ciertas “niñerias”. O que, su filosofía, adquirida de sus mayores, les hacia afirmar que ese dinero nunca llegaba a los pobres negritos de África. De tal manera, algunos ni siquiera sacaban las huchas de la clase, para intentar receptar una sola moneda.
Hoy ha cambiado el asunto. Ahora los africanos, siempre necesitados, nos caen mas lejos si cabe. En tiempos en los que hay que dar mas “gracias” que nunca, al patrono que te mantiene en tu trabajo, muchas familias españolas están instaladas en la necesidad de acudir a organizaciones como Cruz Roja u otras para alimentarse.
La precariedad, destellante en nuestras pantallas no hace tanto, de gente buscando en los contenedores de basura, allá en Grecia, amenaza con resultar ser la portada de un telediario neutral, a la hora de la sopa en nuestras casas.
Ahora es España. Ahora nos hemos instalado en la necesidad de muchos y la subsistencia de todos.
A pesar de la perseverancia de quienes nos mandan, cada vez son mas las familias que visitan los comedores sociales. Son mas los nietos que comen en casas de sus abuelos. Sus padres ahorran para otros pagos o simplemente ya no hay que ahorrar. La ayuda de organizaciones para poder dar de comer es mas necesaria y usada que nunca.
La dignidad en la cola de espera para recoger comida ya no cuenta. El extremo de la precariedad esta instalado en nuestras nuevas vidas, mientras quienes nos manejan, opositan para demostrar quien la tiene mas grande a la hora de merecer culpas.
Hemos olvidado muchas cosas en tan corto espacio de tiempo. Incluso los mas gamberros que nunca hacían ni por llevarse la hucha a casa para devolverla vacía.
Esos gamberros nunca han llegado a ser ni políticos ni banqueros, si bién es cierto que no es de recibo no hacer nada, es mucho peor exigir el grano al que no pudo tener cosecha. Malos tiempos Bola, pero tú siempre me has dicho: Nunca tiempos pasados fueron mejores. ¿...?. Un abrazo.
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